
No cabe duda que los recuerdos se agolpan en la mente cuando ves, oyes o hueles algo que inesperadamente te hace regresar en el tiempo. Así ocurre cuando, al momento de ver una película, escuchar una melodía o probar algo agridulce, recuerdas aquello que te hizo vivir un momento especial, único, irrepetible.
Así ocurrió en aquel instante, totalmente ajeno y sin referencia clara a su origen. Fue quizás un pequeño movimiento de manos, una ligera sonrisa de lado o una palabra dicha a media voz, la que me hizo recordar a aquella mujer.
Recuerdo todos sus detalles; formaban un todo que se acoplaba en mi interior. Su pelo, su sonrisa, su manera de hablar, me hacían sentir que las cosas eran diferentes. Que podían ser mejores. Que, gracias a lo que ella me decía en ciertos momentos, yo era capaz de vivir mejor, conmigo mismo y con los demás.
¿Hacía donde quería llegar? No lo sé. Pero me parece que, sin su presencia, era incapaz de salir adelante en aquel momento.
Hoy, a la distancia, 25 años después, al estar viviendo otra vida, otros anhelos, otros deseos, con otras cosas en mente y conviviendo con otras gentes, de pronto la recordé. Fue un instante tan solo; en un tris me vi regresar en el tiempo a aquel momento en que ella me decía que yo debía ser más abierto; que mi vida debía de cambiar. Con esas y otras cosas parecidas me llenaba la cabeza aquella niña, que en aquel tiempo apenas aprendía a ser mujer. Quizá no sabía lo que decía, pero yo lo apreciaba. Y lo aprecio ahora…
Ella se llamaba Dalia, como la flor. Su imagen está presente.
El olor de aquel perfume dulzón con que envolvió una carta dirigida a mí, misma que colocó en un camafeo de plástico en forma de corazón, siempre ha permanecido conmigo. Cada que voy por la calle y cruzo con alguna persona que lleva ese mismo olor, asaltan en mí aquellos recuerdos de mis últimos años de niñez.
Dalia siempre parecía estar en un plano diferente al de todos los que estábamos a su alrededor. Su forma de hablar, tan llena de alharaca y frases escupidas a quemarropa, avasallaba a todos. No había nadie como ella. Mientras todas las demás compañeras cuchicheaban entre sí, Dalia se abría sin vergüenza y hasta con descaro.
Todos nos sentíamos intimidados por su manera de decir las cosas, tan directa. No era que nos diera miedo, sino que simplemente nuestra falta de experiencia y contacto con otras personas (aparte de tu propia familia), hacía que sintiéramos su presencia como “too much”. En resumidas cuentas, a veces pensábamos que Dalia estaba loca y nos avergonzaba su presencia. Pero descubríamos que esa locura era encantadora, que queríamos estar dentro de ella, ser parte de ella. Así, cuando llegabas a entablar mayor contacto, cuando hablabas de lo que se suele hablar cuando tienes 12 años, descubrías a una persona que quería comerse el mundo a grandes mordidas. Pero casi nadie lo supo. Yo fui uno de los afortunados…
Alzo mi vaso tequilero para brindar por ese momento. Alzo mi mano, abro mi boca y digo: “Gracias por haberte conocido. No guardo rencor, sino gratitud. Ojalá hubiera seguido la amistad.” Salud!



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